Santa Cecilia frente a Hypatía


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Hace ya años que se sabe y se acepta que Santa Cecilia, patrona de la música, no tuvo ninguna relación con este arte. Su santidad se la otorgó la Iglesia a finales del siglo V, época en que se redactaron las “Actas de Santa Cecilia”, en las cuales no se menciona en ningún momento relación alguna con la música.

Partiendo de fuentes históricas fidedignas, se puede llegar a una aproximación de la verdadera historia de la santa y de su veneración como patrona de la música. A muy temprana edad, Cecilia hizo voto de castidad, aunque fue obligada a casarse con un joven llamado Valeriano. Al narrar el episodio de la boda, las “Actas de santa Cecilia” contienen este pasaje: “Durante el banquete de bodas, mientras la música sonaba, ella entonaba oraciones en la soledad de su corazón, pidiendo que su cuerpo quedara inmaculado”. Sus oraciones fueron escuchadas y pudo persuadir a su esposo para vivir juntos guardando castidad. Ambos pertenecían a la recientemente fundada religión, desgajada del judaísmo, el cristianismo. Así, al poco tiempo del casamiento ambos fueron martirizados. En el caso de Cecilia, su martirio tuvo ciertas raras características: hubo un primer intento de asfixiarla con el vapor del baño de su propia casa, o de quemarla con el fuego de calentar el agua; pero dado que no dio resultado, se la intentó decapitar, lo que tampoco se consiguió después de varios golpes de hacha, de modo que la dejaron y murió a los tres días.

Sin embargo, no hay evidencia histórica documentada de la existencia de Cecilia hasta diez siglos después de su muerte; esto es, hasta la segunda mitad del siglo XV, época en que Cecilia aparece de repente como patrona de la música siendo declarada como tal por varios músicos y representada en pinturas tocando diversos instrumentos de música. Enseguida, tanto el supuesto lugar de reposo de sus reliquias como las Actas, fueron objeto de numerosos mosaicos, frescos y miniaturas. Pero en ningún sentido era en ellos considerada como patrona de la música. Por el contrario, existen documentos que cuentan la escena de los festejos nupciales de muy diferente manera; según ellos, mientras la música sonaba como parte del típico jolgorio de la ocasión, la virtuosa Cecilia huía de ella y la calificaba como “el mortal canto de sirenas que impulsa a los inocentes a poner en peligro sus vidas”. Como se puede observar, nada que ver con la defensa de la música o atracción por ella, sino todo lo contrario.

Una vez considerada santa, las sucesivas copias de las Actas a lo largo de los siglos fueron introduciendo ligeros cambios en su contenido, comenzando así una sucesión de errores de traducción que dieron lugar a los equívocos que finalmante la llevaron a los altares de la Música. Dichos errores se debieron a que las copias no eran hechas a partir del original sino de otra copia, la última de la serie. El copista, por muy cuidadoso que fuese, tuvo que cometer errores y hasta intentos de “mejorar” el anterior manuscrito ya envejecido. Dado que las copias se hacían a partir de otras copias, las cuales, a su vez, fueron hechas de otras copias, los errores empezaron a ser acumulativos y graves. Una de las primeras copias sustituyó el escenario de la boda por el de su martirio y en ella se decía que “mientras la preparaban para decapitarla, Cecilia cantaba salmos al Señor”. De momento tampoco aparece ninguna referencia musical, aparte de de los cánticos que se le atribuyen y que van adheridos como parte del ritual de la anunciada muerte.

Con el paso de los años o, más exactamente, de los siglos, el prior de turno mandó que se desempolvasen los viejos manuscritos de vidas de santos y se copiasen en latín sencillo para que pudieran ser leídos por los monjes no tan versados en lenguas cultas. Parece que el copista prefirió que la santa muriera quemada y no decapitada, pero no conocía el nombre en latín del horno para calentar agua y decidió denominarlo con el término genérico de “órgano”, que tenía el significado amplio de ‘herramienta o utensilio para hacer algo’. De modo que escribió la siguiente frase: “Candentibus organis Caecilia Domino decantabat”, o sea “Mientras estaba el horno al rojo vivo, Cecilia cantaba al Señor”. Seguimos, pues, sin referencias expresas a la música. (Lo de cantar al Señor se puede considerar como cantar mientras se enjabona uno antes de afeitarse).

Pasaron otros cuantos siglos y los pergaminos estaban ya tan mugrientos que no se podían leer, siendo retirados del uso y la superioridad le encargó a un monje que sabía latin que hiciera una nueva copia, revisada,  del viejo manuscrito. La labor era difícil, pues las letras emborronadas lo hacían casi iliegible. Y aquí viene el cambio trascendental: donde ponía “candentibus”, el nuevo copista leyó “cantantibus” ; además, el término “órgano” lo tradujo como el instrumento musical que hoy es. En consecuencia, la frase quedó así: “Mientras tocaba el órgano, Cecilia cantaba salmos al Señor”. Y aquí sí, aquí ya tenemos una referencia de habilidades musicales: la santa, no sólo cantaba salmos sino que tocaba el órgano.

En efecto, fue esta noticia la causante de que la multitud de peregrinos que compraban copias de vidas de santos empezaran a asociar a Santa Cecilia con la música, creándose poco a poco una tradición en torno a ella, hasta que hacia el siglo XV fue proclamada patrona de la música.

A lo largo del siglo XVI y siguientes su posición como patrona de la música continuó creciendo. Fue representada tocando el órgano, o junto a él, en numerosas pinturas, destacando las de Rafael, Rubens y Poussin. Así fue como llegó a ser celebrada tanto en música como en poesía en los Cecilian Festivals ingleses, en los que contribuyeron figuras del prestigio de Dryden, Pope, Purcell y Händel. Un estimable ejemplo de su patronazgo fue el “Movimiento Ceciliano” alemán del siglo XIX para la reforma de la música litúrgica, que culminó en el Motu Proprio de Pio X, en 1903.

Sólo en los últimos años Cecilia ha dejado de ser invocada activamente como patrona musical, siendo un certero síntoma de que no tenía relación alguna con la música el hecho de que la revista americana “Caecilia”, después de 92 años de publicación, cambió su nombre en 1965 por el de “Sacred Music”. Así pues, el mundo de la Música cultiva una santa que no sólo no tenía nada que ver con el sonoro arte, sino que expresamente lo rechazaba, poniéndolo en la lista de las más pecaminosas tentaciones.

Conocida la ausencia de dotes y preferencias musicales de la santa –desde hace ya más de cuarenta años- parecía lógico que se hubiera sustituído a Cecilia por otro personaje más adecuado al arte que debería representar. Pero no ha sido así, de modo que los músicos y aficionados somos libres de buscar y entronizar a un representante que esté más de acuerdo con lo representado. No es que considere imprescindible tal tarea, pero habiendo candidatos que dan el perfil y si se quieren conformar las cosas de acuerdo con su naturaleza, es bien fácil hacer el cambio. Un candidato posible para el título de “Protectora de la Música” es Hypatía de Alejandría, que no fue santa y ni siquiera religiosa, pero sí una visceral defensora de la música y de la filosofía, como se podrá comprobar en lo que sigue.

Hypatía nació en Alejandría, Egipto, el año 370 de nuestra era y murió en la misma ciudad en 415. Su padre, el ilustre filósofo y matemático Teón de Alejandría, fue su maestro desde pequeña y quería hacer de su hija “un ser humano perfecto”, cosa que al parecer consiguió, no sin someterla a una disciplina rigurosa que incluía desde ejercicios físicos hasta el estudio de las ciencias, la música y la filosofía.

Teón trabajaba en el Museo de Alejandría fundado por Tolomeo hacía siete siglos, en el que había más de cien profesores (que vivían en el propio museo) y muchos más que asistían periódicamente como invitados. Hypatía estudió con ellos y, aunque viajó a Italia y Atenas para recibir algunos cursos de filosofía, se formó como científica en el Museo y formó parte de él hasta su muerte, llegando incluso a ser su directora hacia el año 400 y a ocupar la cátedra de filosofía platónica.

Hypatía se convirtió en una de las mejores científicas, filósofas y músicos de su época, erudita de un conocimiento que los cristianos identificaban con el paganismo y que por tanto perseguían. Hypatía se negó a renunciar al conocimiento griego, a la filosofía y a la ciencia que durante más de veinte años había aprendido y enseñado en el Museo.

En el año 412, el patriarca cristiano Cirilo empezó a perseguir y a matar judíos; por otro lado Orestes, gobernador de Alejandría, defendía lo que aún quedaba de la cultura griega y a la comunidad judía. Fue una época muy difícil desde el punto de vista político y religioso, y entre las múltiples y bárbaras consecuencias a las que condujeron los enfrentamientos entre ambos bandos destaca la desgraciada orden de Cirilo de quemar y destruir el gran Museo de Alejandría. Desaparecieron miles de ejemplares de una de las más grandes bibliotecas que jamás hayan existido; desaparecieron también animales (vivos y disecados), aparatos e instrumentos de medición, los instrumentos musicales, los grandes salones, mobiliario, etc.

Los académicos que ahí trabajaban fueron perseguidos y en algunos casos asesinados. En marzo del año 415, acusada de conspirar contra el patriarca cristiano de Alejandría, o más bién porque parecía que el gobernador de Alejandría se estaba dejando influenciar por la fuerte personalidad de la filósofa, Hypatía fue asesinada por un grupo de enviados de Cirilo, quienes le tendieron una emboscada y le dieron muerte mediante múltiples cortes en su cuerpo usando conchas afiladas de caracolas. Fue un hecho execrable con el que desapereció la mujer más notable de su época en el campo de la ciencia, la música y la filósofía. Con esta muerte comienza una etapa de terror, muerte y oscurantismo que terminó catorce siglos después con la ejecución en España, por motivos religiosos,  del  maestro deísta catalán Cayetano Ripoll, en julio de 1826.

Así que hoy, dieciseis siglos después de la ignominiosa muerte de Hypatía, nuestra cultura sigue mostrando la espléndida herencia recibida de la Grecia Clásica, sin olvidar –por supuesto- el legado musical que ha primado en occidente desde entonces. Por todo ello, cabe reivindicar el recuerdo de Hypatía de Alejandría como paradigma del conocimiento y protección de la ciencia, la filosofía y la música sin servidumbres de ninguna clase. Sirva esta proclamación como faro alejandrino que ilumine y guíe a todo aquél al que guste navegar por el proceloso camino de la verdad y el vinoso ponto de estos saberes, especialmente por el del arte por excelencia, el que mejor expresa lo íntimo y esencial del ser humano: la música.

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