Antonio Priante: El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer


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El silencio de Goethe o la  última noche de Arthur Schopenhauer,  de  Antonio Priante. Editorial Cahoba,  2006.

Priante. la última noche (2)

Una vez leído el libro de Antonio Priante, hace casi dos meses, he ido pensando en él, releyendo las citas del filósofo en sus contextos originales y cómo las tratan y explican otros comentaristas estudiosos de Schopenhauer.  El resultado es un compendio de reflexiones acerca de una obra literaria, anotadas en hojas sueltas que he ido guardando y que ahora intento plasmar en el ordenador procurando darle al conjunto algo de coherencia y objetividad, dentro de lo que pueda.  Con esto queda claro que no es una crítica en sentido estricto, sino la opinión de un médico jubilado a quien le gusta la filosofía de Schopenhauer y que está convencido de que con la obra de éste, la filosofía ya ha cumplido su misión de descubrir y describir la esencia del mundo. Ahora les toca el turno a los actuales exégetas del orden del mundo: los científicos, sobre todo los físicos, astrónomos, biólogos, neurólogos y psicólogos.

Supongo que no habrá muchas novelas u obras de teatro cuyo protagonista sea Schopenhauer; no conozco ninguna otra con esa característica.  Sin embargo, su pensamiento como trasfondo de la trama sí aparece en algunas novelas –además de en esta que trato ahora-  por ejemplo, en  “La cura Schopenhauer” de Irvin Yalom  o en  “La posibilidad de una isla”, de Michel Houellebecq.  Servir en bandeja de plata su sistema filosófico como un soliloquio, es una brillante idea del autor, quien confiesa en una entrevista haber releído todas sus obras, así como a las de otros filósofos, para poder  ‘introducirse en el cuerpo’  del protagonista.

 

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En mi opinión, la obra es más teatro que novela, un soliloquio. Pero como hay otro protagonista, el perro, digamos que es un monólogo-diálogo.  Este aspecto formal le facilita enormemente su  representación teatral. Me imagino al personaje, acompañado de su perro, paseando de un extremo a otro del escenario, del dormitorio a la biblioteca y de ésta a aquél. Eso de pasear aviva los recuerdos y estimula la conversación y la retórica. El filósofo, como Beethoven, llevaba consigo un cuaderno en el que apuntaba pensamientos e intuiciones que podrían perderse de no tener a mano papel y lápiz.  Diré algo personal, ya que estoy reflexionando: en el bolsillo del pantalón de gimnasia llevo siempre papel y lápiz, gracias a los cuales puedo apuntar ideas, fechas, citas, recordatorios y otros datos que me serán de gran utilidad para mis escritos varios, como por ejemplo los de este blog. Y es que la circulación sanguínea es favorecida por el ejercicio, y la sangre así potenciada llega a todo el cuerpo y alimenta al cerebro con oxígeno continuamente renovado, con sustancias minerales, vitaminas, neurotransmisores, glucosa, hormonas, etc. Y los aminoácidos, tan importantes para crear la materia gris y la blanca, como los ladrillos o las piedras se utilizan para construir un templo; se sabe ahora que las neuronas pueden nacer también en un cerebro viejo, si bien necesitan cuidados especiales, sobre todo buena alimentación y ejercicio físico. Y si añadimos ejercicios mentales, relajación del tipo que sea, el viejo (o la persona mayor, para que nadie se moleste) se asegurará  una larga vida cerebral y mental, términos que por Schopenhauer sabemos que designan la misma cosa. Luego, los neurólogos y biólogos confirmarán esa intuición, casi siempre sin conocer la obra de “nuestro filósofo”, como lo llamaba Wagner.

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Pero vuelvo al escenario, en el que está a punto de aparecer un convidado de piedra que es quien crea el clima de la obra: Goethe.  Schopenhauer recuerda los momentos clave de su vida, entre los que aparece como motivo conductor el hecho de que Goethe no hablase de su obra públicamente, a pesar de que se lo pidió insistentemente de palabra y por escrito.  Este hecho, desde luego explicable por razones que son fáciles de adivinar, constituye el núcleo que da lugar a la intriga de la historia.  Por cierto, esto que ahora me viene a la cabeza me ha producido extrañeza desde el principio: Recrimina a personas, conocidas y menos  conocidas, por no prestar atención a su obra y no dar su opinión sobre ella, conociéndola como se sabe que la conocían. Me pregunto por qué no recrimina a Goethe como lo hace con Eckerman en la escena final del libro.  En página 135 dice el protagonista que Goethe “utilizó conceptos e incluso frases tomadas directamente de mi obra”. Creo que eso es motivo suficiente para incluir al poeta entre los recriminados. Pero Goethe calló hasta el final.   ¿No es esto, también, el “silentium livoris” del que acusaba a los ‘profesores de filosofía’? Yo creo que sí y que, al igual que éstos,  debería haber sido reprendido, pues con una nota en la prensa o simplemente hablar con los amigos, todos influyentes en el ambiente intelectual y político (¡casi nada!), Schopenhauer no habría estado más de 30 años sin ser conocido. En la página 135, el filósofo nota la semejanza del nombre del poeta con el de Dios:  Gott, en alemán y God, en inglés, y a continuación dice “¡Qué perversa similitud fonética!”. Y es que, parodiando a la Biblia,  una palabra de Goethe bastaría para elevar al filósofo al pedestal que le correspondía por ser, como él sabía que era, el mejor pensador, filósofo y  psicólogo desde Platón (lo de psicólogo es añadido mío).  Pero ya digo: ‘silentium livoris’, sobre todo después de haber mejorado en dos semanas la teoría goethiana de los colores, en la que el poeta llevaba trabajando casi veinte años. Y lo hizo aplicando la teoría kantiana del conocimiento, subrayada por Sch. en su tesis doctoral ‘De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente’, obra que Goethe tenía en su biblioteca desde que fue publicada. Y es que “Veritas odium parit”, como decía Terencio, sentencia citada por Schopenhauer varias veces.

Tan importante es este comportamiento de Goethe y los pesares que produjo en Schopenhauer, que no creo que sea un disparate calificar a la obra de “soliloquio existencial”.  Me recuerda a dos obras de parecida forma teatral: por un lado, “La voz humana”, una ópera o tragedia lírica en un acto para un solo personaje, con música de Francis Poulenc y libreto de Jean Cocteau . Por otra,  “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes.  En ambas hay un solo personaje y una sola voz.   Son, por lo tanto, dos soliloquios y ambas se parecen en algunos detalles a la obra de Priante, pues en las tres se cuentan historias de amor-amistad con final trágico: Schopenhauer, que expresa su ira, desesperación y ansiedad al no comprender cómo su mejor amigo y colaborador intelectual no habla, ni bien ni mal, de su obra recientemente publicada de la que ha sido el primer lector. Ella , así llama Cocteau/Poulenc a la protagonista de su obra (¿es acaso una denominación por “la idea”?), cuyo amante le  dice por teléfono que se va a casar con otra al día siguiente, lo que la conduce al suicidio. Carmen Sotillo, que, tras el funeral de su esposo, se queda sola junto al féretro y le habla de las desgracias de su vida juntos. De ésta se han hecho representaciones  teatrales y hasta una película.  Entre estas tres obras hay otra semejanza: el “segundo personaje” no habla  -el perro, el amante y el esposo- pero el lector sabe lo que dice, piensa o siente gracias al que habla.

“El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer” nos presenta la filosofía de éste en su desnudez más comprensible. Y lo hace en todos sus detalles, y aunque la estética no es descrita a fondo, la filosofía de la voluntad o metafísica, la ética y la epistemología están ahí al completo. He leído las obras dedicadas al filósofo por Safranski, Magee, Moreno Claros y Rodríguez Aramayo; en ninguna he apreciado una unión tan conseguida entre claridad y precisión en la descripción. Estos expertos escriben un libro de entre trescientas y quinientas páginas para comentar otro de setecientas. El lector, al final, queda sobrepasado por tantos análisis y descripciones, pensando que habría hecho mejor leyendo la obra del propio filósofo.  No digo que sean libros inútiles, en absoluto: son magníficas obras de análisis y hasta correctoras (como la de Magee) y si el lector de Priante se siente filósofo, los leerá casi “con necesidad”. Y si aún no había pensado que quizás él fuera filósofo, estoy seguro de que le entrarán ganas de filosofar.  Lo que quiero decir con todo esto es que, al no haber en las enciclopedias una exposición de toda su filosofía, hacía falta un libro como esta novela filosófica de Priante que tuviese pocas páginas, pero no tan pocas como una entrada de diccionario,  para entender al filósofo que mejor ha explicado la verdad de este mundo en que vivimos, verdad que queda resumida y descrita con claridad  inusual.  Eso sí, el libro de Priante es denso, el lector no puede dejar de leer ni una línea y lo mejor sería que lo leyese dos veces. Desde luego, habrá que tener un mínimo de interés filosófico y conocer aunque sea de “oídas” a Schopenhauer. Pero eso es un requisito normal en toda lectura de un ensayo que expone una filosofía entreverada con una biografía.  Entre los citados, me quedo con el de Priante como libro de cabecera, porque está escrito en un estilo interesante y hasta con cierta dosis de intriga, profundo hasta donde es necesario, que huye de complicaciones sintácticas.  Esto es, que en ningún momento se pasa “de rosca”.  El lector es introducido en el sistema del filósofo de una manera imperceptible hasta que acaba  conociendo el núcleo de su sistema filosófico, y también sabiendo la importancia que tiene para la filosofía. Alguno podrá pensar que se entera de todo porque la filosofía de Schopenhauer es “facilona”, pero ocurre todo lo contrario: acabará asombrándose de que termina sabiendo casi todo  de ella en una tarde de amena lectura, a pesar de la complejidad y profundidad del contenido, aspecto del que también tomará nota.

Es muy original en la presentación de los temas, en la que se adivina un ritmo interior con la aparición de un mismo asunto en varios momentos, a manera de bucle narrativo cuya segunda parte completa y aclara lo dicho en la primera. Realmente, el lector se siente estar delante del propio Schopenhauer exponiendo su sistema y descubriéndonos su alma mediante el discurso racional. Esto de explicar aspectos metafísicos mediante el lenguaje de la razón parecerá contradictorio; sin embargo, el libro de Priante no cae en ese defecto o trampa del lenguaje, pues refleja a las mil maravillas y sin dificultad alguna para el lector, el sistema del filósofo. Lo difícil queda explicado con naturalidad y transparencia. El lector notará que eso ha debido llevar su tiempo y haber leído repetidas veces  las obras del filósofo. Con esas premisas, se entiende que el contenido del soliloquio “se cuele” en la conciencia del lector como entra una Cantata de Bach: con una forma  académicamente correcta y llena de trascendencia.   Por poner un ejemplo de bucle, el más evidente es la conexión que hay entre el comienzo y el final en que Schopenhauer explica en unas pocas páginas los fundamentos de su filosofía a su perro, ya a punto de dormir. Otros bucles son las diferentes ocasiones en que recuerda a Goethe, suscitando en él los mismos sentimientos, como en las páginas 41 y 70, en las que aparece la misma escena de prepararse para ir a visitarlo. Y dejo ya de nombrar a Goethe, que estoy a punto de ser calificado de ‘mentecato’ por Schopenhauer.

En la segunda línea del libro (página nueve) aparece ya apuntado el núcleo del sistema del filósofo: esa imagen en el espejo “captada al azar” y muy diferente de la que “ex profeso compone cuando se viste y arregla”. Para mí, ahí están ya de sopetón y de manera inesperada, el mundo como voluntad, en la primera imagen, y el mundo como representación, en la segunda. Observe el lector, al que supongo iniciado en el sistema de Schopenhauer,  que el comienzo de la obra capital del filósofo comienza con el mismo asunto que la obra que comento:  “El mundo es mi representación”. Sujeto, verbo y predicado. Más simple, imposible. Y en ella está resumido, como una ‘singularidad’, todo lo que viene después.  No se puede decir más y con mayor elegancia en tan solo dos líneas. Así ocurrirá a lo largo del texto de Priante: se dice lo máximo con el mínimo de palabras.  Pero tiene ciento cuarenta páginas que nos sorprenderán con genialidades como estas: en la página diez: “Nadie conoce mejor su cuerpo que uno mismo”. Es una frase normal, pero a continuación aclara cosas que conducen al enunciado de una máxima importante en la práctica de la Medicina: “No hay enfermedades, sino enfermos”. Página diecinueve: cita a Lola Montes y se imagina qué diría “uno de esos escritores periodistas” de él si lo viesen hablar con un perro. Pero también la cita en sus obras el verdadero Schopenhauer para lamentarse de que a él nadie lo aprecia y, sin embargo, a ella la buscan y le adelantan una enorme cantidad de dinero para que escriba sus memorias (Había sido amante de numerosos personajes de alta jerarquía y alta alcurnia, como el rey Luis I de Baviera. ¡Voluntad a todo tren!).  Página veintitrés: la pubertad le anuncia “el duro programa del despótico dominio de la naturaleza”. O sea, empieza a conocer en su propio cuerpo el mundo como voluntad.   Muchas veces habla consigo mismo, como en la página veinticuatro: “¿Por qué hablas, Arthur?”.

Pero no puedo seguir desvelando aspectos del libro, sino terminar diciendo que estamos ante el mejor resumen de la parte nuclear de la filosofía de Schopenhauer. En definitiva,  una obra redonda.

Federico Soria. Almería, 30 de julio de 2015.  fesoesvan@gmail.com

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