Wagner: la palabra frente a la música.


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Suele verse a Wagner como un compositor, poeta y dramaturgo que está a favor del texto frente a la música. Pero podría ser al contrario, al menos al final de su vida creadora.  En su ensayo ‘Beethoven’ (de 1870) se muestra a favor de la melodía como un elemento autonómico y pone de ejemplo a la obertura Leonora nº 3 como una música que ya contiene en sí misma un drama perfecto y acabado. Incluso llega a confiar este pensamiento a Cosima: ”¿Y si la obra de arte del porvenir fuese sólo una quimera?”. Esta aparente contradicción podría ser sólo una evolución a sus propios orígenes. La ‘música absoluta’ continuaba –al parecer- latente en su estética.

En 1854 “descubrió” la obra filosófica de Schopenhauer, estando trabajando en la composición de la música para los actos II y III de La walkiria. Wagner quedó subyugado por el filósofo; en su autobiografía dice que “durante años, el libro de Schopenhauer nunca estuvo ausente por completo de mi mente, y al llegar el siguiente verano lo había leido de la portada a la contraportada cuatro veces. Influyó radicalmente en mi vida”.

La primera ópera que concibió y realizó en su totalidad como consecuencia de esta lectura fue Tristán e Isolda (1857). Todo en ella está bañado de filosofía schopenhaueriana. Dejó de componer Sigfrido al completar el segundo acto porque las melodías de Tristán se introducían en su mente entre las de Sigfrido e impedían su desarrollo, así que interrumpió el trabajo para dedicarse por completo a Tristán. La obra ya concluida es puramente musical desde el comienzo hasta el final y –como decía Ernest Newman- “incluso sería un todo orgánico aunque la orquesta la interpretara sin las voces.”  Schopenhauer decía que, en una ópera u otras obras que requieren la palabra, lo más importante es dicho por la música sola, sin texto.

‘Los maestros cantores de Nurenberg’ fue concebida ya en 1845, escribiendo entonces  varias páginas de la partitura, pero decidió dejarla a un lado, siendo retomada en 1862  y terminada en 1867. En esos veinte años la obra fue madurando y haciéndose cada vez más schopenhaueriana. Lo que empezó siendo una obra satírica se convirtió en una alabanza nonumental hacia la música como la culminación suprema de todas las artes.  Justamente eso es la tesis del filósofo en sus capítulos dedicados a la música.

En cuanto las óperas de la tetralogía, cada una tiene un sonido peculiar y diferente al de las demás. Entre ellas, ‘El crepúsculo de los dioses’ es, con mucho, el más singular de todos; se trata de un sonido puramente orquestal.

(Fuentes consultadas: Gregor Dellin: Biografía de Wagner.  Bryan Magee: Schopenhauer).

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